Si no desactiva esa bomba de tiempo, se lamentará después

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SI NO DESACTIVA ESA BOMBA DE TIEMPO, SE LAMENTARÁ DESPUÉS
Continuación de nuestra serie: SAETAS EN MANOS DE VALIENTES

El consejero de familia, James Dobson, señaló: ‘la adolescencia es una bomba de tiempo que lleva trece años en desactivar». En aquellas películas en donde el protagonista está atrapado, encadenado, muy bien amarrado de manos y pies, sobre una silla que a su vez tiene una bomba, le pasan los minutos y la música hace de las suyas al ponerle tensión, y al último segundo en que va a explotar, sucede algo y el héroe sale ileso, o él debe cortar algún cable y no sabe cuál y, también al último segundo, corta el correcto. Ahí así pasa, siempre pasa asi, en las películas pasa de todo según el poder del guión. En la vida diaria no es así. Si no se aprovecha cada minutos para enseñar autoridad a quienes están bajo nuestro cuidado, a saber, nuestros hijos, vamos a llorar después. Una dama se le acerca a David Hormachea y le preguntó: ‘¿a los cuantos años cree que debo empezar a disciplinar a mi hijo?’, el también consejero familiar pudo darse cuenta que estaba embarazada y le devuelve la pregunta: ‘¿cuanto tiempo lleva de embarazo? »seis meses’ –le responde ella– ‘Pues ya lleva seis meses de atraso’ –le declara Hormachea.

Leamos las Sagradas Escrituras:

«Los proverbios de Salomón. El hijo sabio alegra al padre, pero el hijo necio es tristeza de su madre».

(Proverbios 10:1)

Considere, además, Proverbios 13:1; 15:20; 23:24. Estos proverbios es un buen ejemplo de la forma atitetica de enseñar de los hebreos, el contraste marcado que hay en ambos extremos. En este nuestro caso vemos a un hijo sabio versus un hijo necio; el padre y la madre; las emociones que se sienten alegría, tristeza, alegría menosprecio.

¿Qué significa esto, cómo podríamos interpretarlo? ¿Significa que cuando el hijo anda por el camino de la sabiduría solamente el padre se goza de ello y la madre no? ¿O cuando el hijo anda comportándose como un necio, solamente la madre se entristece y al padre le da igual? ¿O solamente es un menosprecio a la madre y al padre no? No significa eso, desde ningún punto de vista. Ambos padres se gozan cuando un hijo es prosperado, sea materialmente por su ética laboral y de honradez, aprendida desde el hogar, o cuando es un ciudadano honorable, cuando es un ministro de la palabra de Dios, como esta escrito: Mucho se alegrará el padre del justo, y el que engendra sabio se gozará con él. Alégrense tu padre y tu madre, y gócese la que te dio a luz (Proverbios 23:24-25).

El hijo sabio alegra al padre. El varón es considerado menos emotivo que la mujer, no tan fácilmente derramará una lagrima, tal vez hasta frío y calculador lo consideren, pero hasta él con sus emociones frías se va a gozar con el éxito de su hijo sabio, ¡cuánto más la madre que si es muy emotiva! Más el hijo necio es tristeza de su madre. La madre es mucho más emotiva, se le considera que su arma más fuerte son sus lágrimas, por la ramera que se le conmovieron sus entrañas por su hijo (1 Reyes 3:26), al pensar que su hijo sería partido en dos, entendemos que son capaces de hacer cualquier cosa por aquel a quien dio a luz. Perdona a su hijo sin que este se lo pida. ¡Pero el padre también puede ser muy emotivo! La idea es que aún la madre, con todo de que se le conmueva las entrañas por su hijo, aún ella siente tristeza de su hijo necio, cuanto más el padre. Y si el padre se goza de su hijo sabio, cuanto más la madre.

El proverbios 15:20 nos dice que el hombre necio menosprecia a su madre. La madre forma parte de un hijo, al hijo también se le remueven las entrañas cuando le tocan a su madre. Un ejemplo nos puede bastar para esto, cuando va conduciendo su vehículo e hizo una maniobra no buena y puso en peligro a alguien o no dio la vía o algo sucedió y le gritan: ¡tu padre! Seamos sinceros, no pasa nada, no sentimos nada, no es un insulto. Pero, en ese insulto, en lugar de decir padre le gritan mencionando a su progenitora. Usted pudo haber estado alimentando y cultivando su alma en su devociónal esa mañana, pero sí sintió que le tocaron las fibras de su corazón. Ese niño siendo un cigoto, siendo un embrión, siendo un feto, durante toda su etapa de vida intrauterina la pasó justo abajito del corazón de la madre, la primera voz que escucha fue la de su mamá y la del padre que estaba ahí para hablarle. Se amamantó de ella y sus senos, tan solamente son recubiertos por la piel, pero muy pegados al corazón. No es difícil entonces pensar en la conexión emocional que tiene el hijo con la madre en un sano respeto, admiración, apego, de tal manera que solamente aquel que ha perdido toda decencia podría olvidar esa ternura hacia su madre, uno que ha perdido toda sensibilidad de que la figura materna no sea un peso para él, ni sea una fuerza para no lastimarla, cuanto más al padre. No hay nada que lo detenga a lastimar a aquellos que se han desvivido por él. Quien lastima a propósito a su madre y a su padre, ha bajado el peldaño de la degradación último a tal punto que no va a respetar a nadie más. Como está escrito: Hay generación que maldice a su padre y a su madre no bendice. Hay generación limpia en su propia opinión, si bien no se ha limpiado de su inmundicia. Hay generación cuyos ojos son altivos Y cuyos párpados están levantados en alto. Hay generación cuyos dientes son espadas, y sus muelas cuchillos, para devorar a los pobres de la tierra, y a los menesterosos de entre los hombres (Proverbios 30:11-14).

Voy a citar aquella vieja historia de un hombre que intentó disciplinar a su hijo ya mayor y este lo llevó ante un árbol ya desarrollado pero muy torcido y el hijo le pidió que lo enderezara antes de disciplinarlo, a lo que el padre respondió que no podría que eso debió ser cuando aún era un pilón el arbol. ‘Exacto’ –le espeta el hijo malcriado– ahora usted quiere venir a corregirme y eso debió hacerlo cuando aún se podía, ahora no. Otro hijo, luego que dictaron sentencia contra él en el tribunal, pidió hablar con su madre y le dijo: ‘Gracias, porque usted formó lo que ahora está viendo, porque cuando llegué con aquel carrito que no era mío, usted me lo toleró; cuando llevé aquellas gallinas, usted las preparó; cuando me robe la bicicleta, usted me ayudó a que mi padre no me disciplinada. Usted contribuyó a esto que estas viendo’.

Si no desactivamos esa bomba de tiempo a tiempo, lloraremos después con vergüenza, tristeza y menosprecio de nuestros hijos. Los padres –y madres– valientes también lloran de felicidad al ver a sus hijos desde un púlpito, siendo ciudadanos honorables.

¿Caminamos caminante?
Suyo en Cristo Jesús, su hermano y amigo, Erick Solís Girón.

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