ES UNA EXCLAMACIÓN EN SU SANTIDAD
ES UNA EXCLAMACIÓN EN SU SANTIDAD
Continuación de nuestra serie: LA COMPLACENCIA DEL SEÑOR
Afirmábamos en nuestra entrega anterior que el paso al lugar santísimo estaba vedado, no significa que no podían agradar a Dios sino solo aquel que entrase al lugar santísimo una vez al año y de los demás le desagradaban, desde ningún punto de vista significa eso. De hecho, David quien era de la tribu de Judá agradó al Señor y el Señor desde su santuario exclamó que se habría de alegrar en David y en sus ofrendas; lo que significa es que el sumo sacerdote era el intermediario, el intercesor, el mediador entre Dios y los hombres, quienes entraban no sin sangre y la cual sangre era ajena pues debía ser un ser inocente, pero por ser imperfecto el intermediario y la sangre que llevaba no era lo suficiente para hacer perfectos a los demás, no quitaba sino que cubría los pecados, entonces era necesario hacerlo cada año; pero venido Cristo, el mediador del nuevo pacto, entró una vez y para siempre no con sangre ajena sino con su propia sangre, preciosas y valiosísima, por ser completamente inocente, no está asociada con el pecado, entonces ya no cubre sino quita el pecado del hombre que arrepentido se vuelve a Dios y Dios puede, ahora si, perdonar a ese pecador en los méritos de su Hijo Jesucristo. Volvamos a leer nuestro pasaje de Salmo 108:7:
«Dios ha dicho en su santurio: yo me alegraré»
Está frase también puede significar: Dios ha dicho en su santidad o debido a su santidad. La santidad de Dios significa que él no tiene ninguna mancha, de hecho, es el único santo (Deuteronomio 32:5; 1 Samuel 2:2; Apocalipsis 15:4), y que por ese atributo es que reacciona contra el pecado con ira, castigandolo en donde quiera que lo encuentra y en quien lo encuentre y eso también es su gozo (Habacuc 1:13-15). La situación se agrava para nosotros porque el hombre es pecador y Dios debe juzgarlo, los habitantes de Bet-semes preguntaron: ¿Quién podrá estar delante de Jehová el Dios santo? ¿A quién subirá desde nosotros? (1 Samuel 6:20; Salmo 130:3). De hecho, la santidad es requisito indispensable para subir a él, según leemos: ¿Quién subirá al monte de Jehová?¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño. El recibirá bendición de Jehová, y justicia del Dios de salvación (Salmo 24:3-5 comparece Hebreos 12:14).
¿Qué puede hacer el hombre entonces? He puesto este ejemplo, subir a Dios para el hombre es como que yo le diga al gusano que esta en mi jardín, que no sufra más ahí, allá en el segundo nivel hay una habitación en donde puede disfrutar de una deliciosa cama, con unas colchas, todo es cómodo ahí; solo tiene que subir allá, bajar de esa sus hojas ya marchitas, entrar a la casa, subir cada una de las gradas, abrir la puerta, y subirse a esa cama para que pueda dormir bien. Simplemente imposible. A no ser que yo mismo lo tome en mis manos y lo suba conmigo, yo mismo lo dignifique, para que pueda disfrutar de toda esa comodidad que le he ofrecido.
El Señor Jesucristo no escatimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse sino que se despojo y se ofreció por nosotros, y al entra al mundo dijo: Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre (Hebreos 10:7-10). Él descendió para que nosotros pudiésemos ascender a él; él se humilló a sí mismo para darnos dignidad; él se hizo pecado para que en su justicia fuésemos justificados por él (2 Corintios 5:21); él se hizo maldición para redimir a todos los malditos que estábamos bajo maldición, la maldición de no poder cumplir su ley (Gálatas 3:13); el se sometió a la voluntad de Dios y en esa voluntad, los creyentes en Cristo Jesús, hemos sido santificados (Hebreos 10:10); Cristo mismo nos es dado por Dios como santificación (1 Corintios 1:30), es lo que se conoce como santificación posicional y ahora Dios puede alegrarse en nosotros y en nuestros sacrificios, exclamando desde su santidad: Yo me alegraré.
Este es un ofrecimiento solamente en Cristo y solamente a aquel que cree en él, reconociéndole y confesándole como su Señor y Salvador. Cuya evidencia es crecer, si, caminar y avanzar.
¿Caminamos caminante?
Suyo en Cristo Jesús, su hermano y amigo, Erick Solís Girón.

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