EL TEMOR POR LA DUDA
EL TEMOR POR LA DUDA
Continiacion de nuestra serie: HOMBRES DE POCA FE
Le invito a que abramos nuestras Escrituras, esta vez en el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 14:31, en dónde leemos en Su santo Nombre:
«Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?»
Marcos y Juan también relatan la historia pero no usan el término aplicado a Pedro, y que da origen al título de nuestra serie. Ya hemos aprendido sobre 1) el temor por el afán y la ansiedad; 2) el temor por el peligro; y ahora vemos, 3) el temor por la duda.
En las Sagradas Escrituras, las aguas pueden tener un significado bueno o malo, de impedimento, de riesgo mortal o de necesidad de Dios, algunas veces es visto de forma simbólica y otras literal.
Por ejemplo, vemos la destrucción mediante el agua (Génesis 6 al 9); pero también vemos el simbolismo de limpieza (Éxodo 30:18; Efesios 5:26); de bendición (Jeremías 17:8); y también de necesidad espiritual (como el Salmo 42); también como símbolo de muerte (2 Samuel 14:14); de peligro de los enemigos (2 Samuel 22:17-18); es simbolismo de poder, ímpetu, denuedo (Apocalipsis 1:15;14:12); juicio (Apocalipsis 11:6); también simboliza al populacho, a los hombres organizados no regenerados (Apocalipsis 17:1, 15).
Literalmete las aguas fueron el impedimento natural que cerraba el paso a los israelitas hacia la libertad de Egipto y caminar rumbo a la tierra prometida y también las aguas fueron el impedimento para entrar a la tierra prometida, lo que Dios tuvo que partir a fin de que se liberaden de su esclavitud y entrasen a su bendición, pero, celebremos, Dios dió salvación a su pueblo.
Sin el afán de alegorizar el texto, pero aquí vemos una referencia a las corrientes de aguas simbolizando el mal que quieren engullir al apóstol Pedro que ha dejado de mirar al Salvador. O sea que al perder la vista del Señor, no hay nada seguro bajo nuestros pies, no hay nada firme, con qué razón el apóstol exclamó después: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Juan 6:68-69), por cierto, esta expresión la hizo al siguiente día de este suceso.
Pero una cosa es ser sacado de las aguas o pasar indemne por entre las aguas, como Pedro, quien cuando clamó al Señor «al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él», eso es natural, podríamos decir, en nosotros es una constante caer en las aguas del peligro, en el lodo cenagoso, es un milagro cuando nuestros pies están sobre la roca firme, así es que una cosa es ser rescatado de las aguas, pero otra muy distinta es andar sobre las aguas, también como Pedro. Esto es una osadía a lo natural, no es común verlo, no es la norma. La norma es hundirse. Es un verdadero milagro que solamente sucede como experiencia al ir al Señor, bajo el mandato del Señor, bajo los cuidados y asistencias del Señor Jesús.
Sin quitarle importancia al hecho, pero que el Señor Jesús ande sobre las aguas es natural, para él es natural, simplemente porque fue él quien las creó y por tanto no está sujeto a ellas, ellas están sujetas a él y le obedecen, tal como lo demostró y como lo reconocieron los discípulos después al maravillarse. Pero lo asombroso es que Pedro, un humano, una criatura también lo esté haciendo, junto al Señor del mar, las aguas, de Pedro y de absolutamente todo. El apóstol lo está haciendo no por su propio poder o virtud, sino por la palabra de Jesús, por la venía del Señor, por la dirección del Salvador, porque lo autorizó nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo (Cp. Tito 2:13). En tanto que confía en su palabra, camina sobre el mar; en tanto que le ve, se mantiene firme sobre lo que no es firme; en tanto que él es su objetivo al caminar, los vientos contrarios no lo hunden, no se quitan, no se apaciguan, no se va la tormenta, pero no lo inmutan, no lo tumban, sino que se mantiene firme.
Pero, en el momento que pone su mirada en el viento y los elementos —criaturas igual que Pedro—, se hunde, porque la duda ha echado fuera la fe.
No, no es buen canje entonces, desviar la mirada de Dios y ponerla en cosas creadas, en las pasajeras, efímeras, o en circunstancias. Con la expresión del Señor ¡Ven! y, con este mandato, la orden intrínseca al mar y al viento a que no lo hundan. ¿O cree usted que simplemente el viento al ver a Pedro poner un pie en al agua se aquieto? Leemos en Mateo 14:32 «Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento»; lo mismo registra Marcos (Marcos 6:51); Esto es al igual como protegió a Daniel en el foso de los leones, testifica Daniel, «Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo»; fue el Señor Jesús quien cerró la boca de los leones, no dice que le quitó el hambre a los leones, ellos siguieron rugiendo, queriendo atacar, pero sin poder hacerle daño al mártir, cosa que no ocurrió con los otros que fueron lanzados después al foso de los leones (v.24).
Pero ahora vemos a Pedro sin su mirada puesta en el Señor y su confianza en su autorización de que caminara sobre las aguas; ya la duda ha hecho presa de su corazón y ha generado el temor en sus pensamientos y sentimientos y su voluntad; ahora ya no se escucha el ¡ven! del Señor, sino que se ve y se oye el rugir del viento. Y, ¿el paso siguiente? con el temor viene el hundimiento.
Este reclamo, «Hombre de poca fe», por el temor debido a la duda, denota el abandono de la confianza en la palabra del que nos dice: Ven.
¿Oye a su Señor, caro hermano que le dice ¡Ven!? ¿va a seguir a él? Seguiré do tu me guíes, si tú mano me conduce; Salvador seguirte quiero, dónde quiera fiel te seguiré.
¿Caminamos caminante?
Suyo en Cristo Jesús, su hermano y amigo, Erick Solís Girón.

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