¿EL SEÑOR LOS LLEVÓ A LA TORMENTA?
¿EL SEÑOR LOS LLEVÓ A LA TORMENTA?
Continuación de nuestra serie: PAZ EN LA TORMENTA
Le invito a que volvamos a leer las Escrituras en el relato en el que los discípulos pasaron por un sismo en alta mar, leemos ésta vez en Mateo 8:23
«Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron».
Hay unas preguntas interesantes acá: ¿Sabía el Señor lo que habría de venir? Claro que si, siendo cien por ciento Dios, no dudamos de su presciencia —conocimiento completo y anticipado de todas las cosas—. ¿Entonces no los amaba porque permitió que pasaran por esa tormenta? Nunca debemos de dudar de su amor y su amor es siempre para bien. ¿Entonces los hace sufrir a propósito? Y así surgirían otras muchas preguntas.
En las Escrituras no se nos resuelve del por qué sufren los creyentes aún. Por lógica podríamos pensar que si estamos del lado de Dios nos va a ir todo viento en popa y ninguna tormenta vendría a nuestras vidas o, al menos, todo nos saldría bien en medio de ella;⁸ pero aquí vemos a los discípulos en medio del seísmo, procurando por sobrevivir, afanándose y quejándose contra el Maestro. Eso nos demuestra que los creyentes pasamos aún pruebas, y nuestra experiencia cotidiana nos enseña que sí las pasamos. Es que es cierto, en las Escrituras no se nos resuelve ni trata del porqué sufren aún los creyentes en Cristo, pero sí se nos da una perspectiva diferente en cuanto al sufrimiento, en comparación de los sufrimientos de los inconversos. Jacobo en el capítulo uno de su epístola, por ejemplo, nos trata ese asunto. Nos enseña que las diversas pruebas deben ser tomadas con sumo gozo (Santiago 1:2), es decir, con un sometimiento con complacencia a Dios, como el afinador y limpiador de la plata o el oro (Malaquías 3:3) como la idea del Salmo 37:4 en dónde delitate en hebreo es ser maleable o trabajable como lo es la plata o el oro, o sea que debemos afrontarlas sabiendo que él está trabajando en nuestras vidas; sabiendo que las pruebas de nuestra fe —o, metafóricamente, tormentas— debido a nuestra fe o «cuando su fe es puesta a prueba, ustedes aprenden a soportar con fortaleza el sufrimiento» (Santiago 1:3, Dios Habla Hoy); aprendemos que las tormentas —o pruebas— son un proceso para ser perfectos y cabales (vrs.3-4), y que es un trato del Señor en nuestras vidas (v.7); por lo cual, los afrontamos con fe, con oración, con sabiduría, con perseverancia, con esperanza y humildad (vrs.5-11) y cuando pasemos el proceso, es como seremos bienaventurados (v.12).
Siguiendo el orden de ideas del versículo 12 donde Santiago califica de bienaventurado a quien es sometido en diversas pruebas y las resiste, vemos que cuando alguien atraviesa una tormenta en su vida, cualquiera piensa que es un desdichado, que no tiene la aprobación de Dios y nuestras mismas expresiones declaran ese pensamiento en cuanto a las pruebas: «¿Saber que estaré pasando, o pagando?»_; o «_ estoy en mala racha» o «estoy de malas»_. No me gusta la siguiente expresión porque involucra el nombre de mi bella Guatemala, pero afirman algunos: «Salgo de Guatemala y caigo a Guatepeor»; o «salgo de las llamas para caer a las brasas». Ese pensamiento no es algo de ahora simplemente, en tiempos bíblicos se trataba con desdén a todo aquel que estuviese sufriendo por enfermedad o por pobreza, incluso, una mujer que no pudiese concebir y dar a luz a hijos, la tenían como alguien que no tenía el favor de Dios. Se dice que a los leprosos los ahuyentaban con piedras y los mantenían marginados, tanto social, como familiar y religiosamente. Esa práctica necia de escupir ante quien nos cae mal, viene de por esos tiempos, pues escupían ante un enfermo, denotando desdén, menosprecio. Pablo se sorprende que los gálatas lo recibieron como un mensajero de Dios y no les importó la situación de las pruebas que tenían en el cuerpo, según leemos: y no me despreciasteis ni desechasteis por la prueba que tenía en mi cuerpo, antes bien me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús ¿Dónde, pues, está esa satisfacción que experimentabais? Porque os doy testimonio de que si hubieseis podido, os hubierais sacado vuestros propios ojos para dármelos (Gálatas 4:14-15). Algunos consideran que pudo haber sido una enfermedad de malaria, otros una oftalmia crónica que consistía en pérdida paulatina de la vista y supuración de los ojos, incluso leí que alguien sugería algún tipo de epilepsia, basándose en que Pablo dice en el versículo 14, no me desechasteis y la palabra griega para esta palabra es ekpu que literalmente es escupir y figurativamente es desdeñar, desechar con la idea de despreciar. Sea cual quiera que haya sido la enfermedad que atacó a Pablo, él se admira y reconoce que no fue escupido, despreciado ni desechado y ni procuraron los gálatas alejarlo de ellos. Informándonos de cómo veían a uno que padecía alguna enfermedad. Creían que ni tan siquiera gozaba el favor de Dios, o los dioses para los paganos, no lo digo porque crea que hay más dioses a parte del Dios verdadero, pero especialmente los paganos creían que los dioses perseguían a alguien por haber hecho algo malo. Por ejemplo, cuando Pablo sufrió el naufragio en la isla de Malta, los lugareños hicieron una fogata y Pablo queriendo colaborar tomó unas ramas, pero una víbora, huyendo del calor, se le prendió en la mano. Cuando los naturales vieron la víbora colgando de su mano, se decían unos a otros: Ciertamente este hombre es homicida, a quien, escapado del mar, la justicia no deja vivir (Cp. Hechos 28:1-4). Creían que la diosa de la justicia lo estaba persiguiendo.
O sea que la idea general tanto de judíos como de paganos era que los que padecían eran unos desventurados, unos desdichados, unos desgraciados (sin gracia alguna). La biblia nos presenta que hay algunas enfermedades y muertes por disciplina del Señor como un castigo al que come y bebe indignamente en el partimiento del pan (1 Corintios 11:29-30), pero no todo es por eso, unas son por nuestra negligencia, otras por asuntos de genética, otras para la gloria de Dios (por ejemplo Juan 11:34). Cuando sucede algo por disciplina del Señor, en cuanto a los hijos, es para que sean celosos, quienes deben de ser celosos y arrepentirse, quienes deben de arrepentirse, como está escrito: Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete (Apocalipsis 3:1).
Entonces, ¿sí sabía el Maestro de lo que les vendría? Claro que sí, ¿Por qué lo hizo? Hay un atributo que le pertenece solamente a Dios y es su soberanía, agreguémosle su atributo de sabiduría y añadámosle su amor. Es que, cuando Dios activa uno de sus atributos no lo hace a pesar de otros, por ejemplo, cuando Dios disciplina no lo hace a pesar de que es amor, sino, precisamente porque es amor. Sea la razón que sea por la que pasa la tormenta, no dude, nunca dude, de los planes de su Señor. No dude de su amor y buen propósito para su vida, Él ya se comprometió: Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis (Jeremías 29:11); entonces con confianza haga lo que le corresponde hacer, a saber, Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice Jehová, y haré volver vuestra cautividad, y os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os arrojé, dice Jehová; y os haré volver al lugar de donde os hice llevar (vrs. 12-14). Entiendo, es promesa a Israel en tiempos de su cautividad, pero también es cierto que estas cosas quedaron escritas para nuestra enseñanza, y el Señor no ha cambiado en cuanto a su fidelidad y trato con su pueblo, hoy la iglesia, y vemos en las Escrituras que los planes que tiene para la iglesia siempre son de bien y no de mal, así es que no es de dudar que al buscarle nos atenderá.
Él no prometió que nunca andaríamos por el valle de sombra y de muerte, pero sí que habría de estar con nosotros aunque ande en valle de sombra de muerte (Salmo 23:4). El no prometió que a los que le aman todas las cosas les salen bien, sino que todas las cosas les ayudan a bien a los que a Dios aman (Romanos 8:28). El Señor no evitó que José fuese vendido, pero él Señor no perdió el control de nada, José lo entendió después, según leemos
en Génesis 50:20 Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Dios quiera que el Señor no lo saqué de su tormenta sin que antes usted entienda el porque ha permitido esa tormenta en su vida, lo mismo oro para mi vida, el Señor Jesucristo lo advirtió, respecto a el lavatorio de los pies que hizo a los discípulos, pero no dudo en aplicarlo a las tormentas en mi vida, el Maestro dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después (Juan 13:7). De manera que la Biblia, ante las tormentas en nuestras vidas, nos enseña una nueva perspectiva al pasarlas y es el propósito de Dios y la presencia de Dios con nosotros en medio de las pruebas, de tal manera que podemos cantar el famoso himno de de Enrique S. Tirrall, «Del amor divino»:
Todo lo que pasa en mi vida aquí, Dios me lo prepara trae bien a mi; en mis pruebas duras Dios me es siempre fiel, ¿por qué, pues, las dudas? Yo descanso en él.
¿Sabía nuestro amoroso Salvador de lo que les vendría en alta mar? Sí, claro que sí. ¿Tenían propósitos nuestro amoroso Salvador? Exacto, es la mejor pregunta, porque no ha cambiado el Señor, sigue teniendo propósitos, no dude de eso. O sea que antes de preguntar en reclamo: ¿por qué a mí?_; mejor preguntarle en sometimiento a su voluntad: _¿para qué a mí, Señor? acompañado de la declaración: Jehová es; haga lo que bien le pareciere (1 Samuel 3:18).
¿Caminamos caminante?
Suyo en Cristo Jesús, su hermano y amigo, Erick Solís Girón.

#CaminamosCaminante
#PalabrasdeVidaEterna
#SalaEvangelicaGuatemala
#SalasEvangelicas
#AsambleasCristianasGT