DE REPENTE
DE REPENTE
Continuación de nuestra serie: PAZ EN LA TORMENTA
Al haber abordado nuestros entre paréntesis de los otros seísmos que pasó nuestro gran Dios y Salvador, el Señor Jesucristo, volvamos al mar de Galilea, específicamente a ese momento cuando hizo pasar a sus discípulos por su propio seísmo.
Le invito a que abramos nuestras Escrituras en Mateo 8:24-25, lo leo en el Nombre del Señor Jesús:
«Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!»
En el plano natural hay tormentas que se pueden determinar que vendrán y cuándo vendrán antes de que acontezcan, por ejemplo, cuando es época de tormentas, en el océano pacífico tenemos los fenómenos que las autoridades meteorológicas han denominado «El Niño» y «La Niña», que ocurre cada cierto tiempo y que puede causar inundaciones, deslaves, sequías, incendios forestales y otros fenómenos extremos en varias partes del mundo. Otras tormentas se pueden percibir de cómo se van formando o dan señales, aunque sea minutos antes, como por ejemplo, algunos tornados, o los tsunamis.
En este nuestro caso, al considerar las palabras que rodean nuestro texto es fácil concluir que esta tormenta se suscitó de repente, la Nueva Versión Internacional nos traduce: _»De repente, se levantó en el lago una tormenta tan fuerte que las olas inundaban la barca. Pero Jesús estaba dormido. Los discípulos fueron a despertarlo. —¡Señor —gritaron—, sálvanos, que nos vamos a ahogar!»_. Dice que todo fue de repente, en un momento repentino, de forma imprevista. De tal manera que los expertos pescadores como Pedro, Andrés y Jacobo, entre otros, no pudieron ver qué habría de venir esa tormenta, es fácil suponer que esa tarde había sido de calma, de lo contrario, los discípulos hubiesen podido advertir; o que era época, o que al ver el cielo se podía fácilmente ver qué serían momentos turbulentos o algo que la pericia de trabajar todos los días en ese lago les hubiese dado, o sea que los discípulos no esperaban que sucediera tal tormenta, ni mucho menos de tal magnitud.
En el plano espiritual ocurre lo mismo también. Hay tormentas —pruebas, tribulaciones o momentos adversos a nuestra vida— que podemos suponer que vendrán. Pensemos, por ejemplo, en las enfermedades que muchas de ellas encuadran dentro de las pruebas (Gálatas 4:14), en cuanto a su origen, sabemos que todas las enfermedades son por causa de la caída; pero, en cuanto a su formación, muchas de estas nos vienen por asuntos de genética, son hereditarias, por eso los galenos, cuando los buscamos por algún malestar nos hacen preguntas como: «¿Alguien de su familia padece de diabetes, o de presión alta, o de cáncer?»; hay enfermedades que nos vienen por disciplina del Señor (1 Corintios 11:30), por comer y beber en la cena del Señor indignamente, no todas la enfermedades son por pecados sin confesar, pero sí hay algunas por eso; otras para la gloria de Dios (Juan 9:2-3) y hasta hay enfermedades por negligencia e imprudencias nuestras. O sea son cosas que podemos saber que vendrán.
Jacobo nos habla de manera general en cuanto a las pruebas, cuando os halléis en diversas pruebas, dice Santiago 1:2; y aún las tentaciones podemos saber qué vendrán y hasta cuándo vendrán porque nosotros mismos somos los necios que nos metemos a ellas (Santiago 1:13-15). Pero muchas de las pruebas no sabemos cuándo vendrán. Sí sabemos que vendrán pero no cuando y en qué intensidad. Lo mejor que podemos hacer es estar preparados para cuando vengan. No, no estoy afirmando que no va a doler, que no va a llorar, pero si que va a sacarle el mejor provecho a las pruebas —a sus tormentas en la vida— y, me atrevo a afirmar, disfrutará más a su Señor durante las mismas, aunque esté dormido como en esta nuestra ocasión, pero no, no está dormido, como leemos en el salmo 121: Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, Que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero, Ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá El que guarda a Israel. Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha. El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche. Jehová te guardará de todo mal; El guardará tu alma. Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre. Jacobo en el capítulo 1 de su epístola nos da un tratado sobre las diversas pruebas y cómo afrontarlas (Santiago 1:2-11).
Hay dos realidades que debemos de saber en toda tormenta, la vieron los discípulos y las vemos nosotros siempre, a saber, la realidad de la tormenta. La fe no es surrealista, ni es negación de los hechos. Fe no es decir: «No me dolerá, no me dolerá, no me dolerá». Ni mucho menos es metafísica, es decir, no se trata de reprender, decretar, renunciar o decir palabras mágicas para que se vayan. La fe es realista, ve el problema y, en el nombre del Señor Jesús, enfrenta lo que tiene que enfrentar y se somete a Dios. Y, la otra realidad, es que ahí está su Dios. Se durmió en el caso de los discípulos, no nos olvidemos que el Señor Jesús era tan humano como nosotros, se identificó con la raza humana que necesitó comer, lloró, se entristeció y hasta necesitaba descansar. No sabemos el por qué se durmió, pero ahí estaba. Después de tantos esfuerzos por sobrevivir a la tempestad tan grande, no pudieron más que importunarle en su sueño, lo despertaron, Lucas registra al menos dos parábolas sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar (Lucas 18:1), la del amigo importuno que va a su amigo a la media noche a pedirle pan (11:5-8) y termina aplicándoles el Señor: Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá (vrs.9-10); y otra, la de el juez injusto y la viuda insistente (18:2-6) y termina aplicando el Señor: ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? (vers. 7-8). Entonces, ésta vez hicieron lo mismo, pidieron, buscaron y llamaron…y fue la paz.
Los vientos, las ondas oirán tu voz: «¡Sea la paz!» Calmas las irás del negro mar, las luchas del alma las haces cesar; y así la barquilla do va el Señor, hundirse no puede en el mar traidor. Doquier se cumple tu voluntad: «¡Sea la paz!» «¡Sea la paz!» Tu voz resuena en la inmensidad: «¡Sea la paz!»
Caro hermano que está en medio de su tormenta, ahí está la tormenta pero ahí está su Señor, Acerquémonos pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (Hebreos 4:16).

¿Caminamos caminante?
Suyo en Cristo Jesús, su hermano y amigo, Erick Solís Girón.
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