PROVEYENDO SEGUNDAS OPORTUNIDADES – Parte 3

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PROVEYENDO SEGUNDAS OPORTUNIDADES, 3

Continuación de la serie: EL HIJO DE CONSOLACIÓN

  Sean bienvenidos queridos caminantes a este su humilde espacio de meditación bíblica. En la continuación de los aspectos en que la gracia de Dios trabajó en la vida de nuestro hermano José y ganarse así el mote de el hijo de consolación, quiero esta vez ver qué pudo haber pasado a posteriori de su ‘desacuerdo tal’ y separación con Pablo.

  Debo ser sincero voy a utilizar mi imaginación santificada, es decir me basaré en el contexto bíblico y la experiencia Cristiana o lo que se espera de cómo un cristiano debe afrontar tales situaciones; y voy a ser un tanto novelesco, de paso, creare un posible escenario para trasladar el mensaje. Para el efecto, abramos —o encendamos— las Sagradas Escrituras en Hechos 15:39-41:

Y hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre, y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor, y pasó por Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias.

  Bernabé, un viaje con propósitos de restauración

   No se pusieron de acuerdo. Irónicamente, al menos en eso sí estaban de acuerdo los dos paladines del Evangelio, ¿quién habría de levantarse de su asiento y salir? El ambiente estaba tenso y ambos querían romper ese aire pesado, había muchos ojos que estaban a la expectativa de cómo finalizaría todo eso. Parecer ser, por el texto, que fue Bernabé quien tomó la iniciativa y se levantó tomando a Juan Marcos. Salieron de prisa. Pablo, por su lado, se les quedó viendo, había calor en el momento, pero había amor. Tuvo que haber un suspiro, pero nadie estaba atado. Y se apresuraron a continuar lo planificado, solo que ahora por separado.

  Las velas del barco soplaron por el viento del Mediterráneo, se oyó el grito: _¡eleven anclas!» y pronto se veía la costa de Antioquía más lejos, como lejos estaba la oportunidad de regresar para conciliar la situación recién dada. Bernabé tal vez se mantuvo en la proa del barco, meditando en lo acontecido, probablemente justificando su actuar, con su corazón recién recuperando el aplomo, pero cargando aun el peso de la reciente ‘discusión tal’ con Pablo y pensó: «Dios hará qué valga la pena».

  No se había percatado que a su lado aún seguía el joven Juan Marcos, su sobrino, que seguía atonito también, que miraba al horizonte con ojos mezclados de ansiedad —por lo sucedido por su causa—, de esperanza —por la oportunidad recibida— y con fe —por no saber en que terminará todo eso, pero que Dios sí lo sabe y lo convertirá para bien Cp. Romanos 8:28—.

—»A veces los caminos se separan, Marcos», le dice Bernabé, posando una mano firme sobre su hombro y dándole una palmada de apoyo como un camarada. «Pero eso no significa que Dios deje de guiarlos, ni mucho menos que se le escapó de Su control «, terminó diciendo. Tuvieron que descansar, sin conciliar el sueño o tomarlo a duras penas; tuvieron que alimentarse, sin tener mucha hambre; tuvieron que continuar, pero con el deseo de regresar el tiempo y esforzarse por arreglar la situación de otra forma, no sabe cómo sería, pero lo desea por el amor entre cristianos.

  «¡Tierra a la vista!», solían decir los marineros cuando veían tierra después de una travesía larga. Y «¡Atracamos!”, al momento de amarrar el barco al muelle. En su camarote Bernabé y Marcos oyeron el pregón de los marineros. Y se anuncia que pueden descender a tierra de Chipre. Este es un lugar conocido por estos compañeros de milicia y familiares entre sí. Es la tierra de infancia para Bernabé, ahí tuvo una propiedad que la vendió, no sabemos si tenía otras propiedades ahí o era la única. Allí no eran forasteros, allí había amigos, tal vez familiares, pero, sobre todo, allí habían hermanos en Cristo.

  Se presentaron a la Asamblea. Cada vez que preguntaban por Pablo le era a Bernabé como una daga a su corazón, no tanto por la vergüenza del ‘desacuerdo tal’ sino por el amor que le tenía a su compañero de misiones y por ser su carácter en Cristo.

  Los hermanos preguntaron por Pablo, no por maldad. Es que es imposible olvidar la visita que tiempo atrás habían realizado ahí con Pablo, los milagros, las vicisitudes, las enseñanzas, las conversiones, las bromas. Como no se nos informa en el texto que pasaran a otras ciudades, creo que sí llegaron para tener una estadía ahi, esta vez el propósito era de amor, de restauración, no solo era predicar el Evangelio, que no cabe duda aprovecharon, sino que era la restauración de Juan Marcos, su estadía ahí era más pastoral.

  Es que este joven misionero llevaba a cuestas el estigma de abandono de la misión en plena misión. Es que la segunda oportunidad consistía precisamente en no dejarlo sin disciplina y restauración, no era dejarlo abandonado sin oportunidad del ejercicio del ministerio, pero tampoco sin guíanza; no era quitarle toda oportunidad para el ministerio, era motivarlo al mismo, pero con instrucción, represión, exhortación, amonestación y disciplina. No cabe duda que Juan Marcos estuvo siguiendo a Bernabé quien lo guiaba pacientemente. La base de la instrucción eran las Escrituras del Antiguo Testamento, pero las historias de la vida del Maestro, de cómo restauraba a los caídos y buscaba a los olvidados, fueron el material de instrucción. Qué bálsamo podría ser para el joven escuchar palabras como _»Ni yo te condeno, vete y no peques más».

  Yo del joven, no se me hubiera terminado la oportunidad de presentar mi agradecimiento a Dios por siervos como el hijo de consolación y por él por dejarse usar para mi crecimiento, que, por cierto, he tenido muchos en mi peregrinar como caminante, mis palabras y más mi actitud sería algo así como:

—“Gracias por no darme por perdido, gracias por no darse por vencido».

  Puedo imaginarme a Bernabé con una sonrisa, con mirada sabia y tranquila decir.

—“Tampoco lo hizo el Señor conmigo, Marcos, tampoco lo hizo. Esto es gracia y Su gracia vino para quedarse, Su gracia no es en vano, Su gracia nunca se cansa”.

  De Bernabé, luego de que tomó a Marcos y de su estadía en Chipre, no se vuelve a mencionar en el resto del libro de los Hechos, aunque su liderazgo si es muy evidente, pues en las cartas de Pablo se nota que era una figura respetada (verbigracia 1 Corintios 9:6). Por Colosenses 4:10; 2 Timoteo 4:11; Filemón 1:24; vemos que se reconciliaron con Juan Marcos y al ser mencionado a la par de Marcos a Bernabé, deducimos que con Bernabé también se arregló la situación, o preferimos pensar que así fue. Según la tradición, se afirma que Bernabé continuó predicando y que murió como mártir en Chipre, apedreado por sus conacionales judíos que se oponían al evangelio en el año 61 de nuestra era.

  De Pablo es que sabemos más, como sus otros dos viajes misioneros y las vicisitudes que atravesó. Pero de estos dos consiervos, aunque se separaron, no hay indicios de enemistad permanente; más bien parece que cada uno siguió una ruta que también fue usada por Dios para ampliar la obra misionera.

  Bernabé, el reencuentro esperado

  La asamblea en Antioquía es una sede principal en la narrativa del libro de Hechos, desde el avivamiento que impactó tanto, pero tanto a la sociedad antioqueña, que a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez (Hechos 11:26). En Antioquía unieron fuerzas para trabajar nuestros dos paladines y también ahí se habían separados, algún tiempo ha. Pero ahí era su asamblea local, y como era costumbre, siempre volvían a Antioquía (cp. Hechos 18:22). Entonces, es obvio que debían reencontrarse en Antioquia.

  Imagínese que Pablo regresó de su viaje. Bernabé llegó al culto, todo sin anuncio, sin planearlo, solo fue en el tiempo de Dios.

  La barba de Bernabé ahora era más blanca, y sus pasos un poco más lentos, pero con la misma energía para presentar el evangelio, la misma pasión por su Señor, es que su mirada no había perdido el brillo y la perspicacia que le caracterizaba. A su lado caminaba Juan Marcos, ya un hombre, más canoso, más maduro y con un rollo de pergamino bajo el brazo, en donde se alcanzaba a leer: «EL santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo», producto de sus notas investigativas sobre Su Señor, Maestro y Dios.

—»¿Y el hermano Pablo?», preguntaron. Les dijeron que estaba enseñando en una casa cercana, enseñando y exhortando a los creyentes a perseverar.

—»Siempre el mismo Pablo, incansable, aprovechando bien el tiempo», musitó.

  Lo buscó. Desde afuera se escuchaba la voz inconfundible de su antiguo compañero, como siempre firme y apasionada. No había odio, no había rencor, no había reclamos, no habían quejas, sólo recuerdos. Caminó hacia adentro. Pablo lo vio. Por un segundo, su voz titubeó. El silencio cayó sobre la sala.

Los dos hombres se miraron.  

  Un solo desacuerdo, años de distancia, cartas y caminos distintos los separaron, pero algo más fuerte los unía, el amor de Cristo que es el vínculo perfecto (Colosenses 3:14), el pensar que el otro era alguien por quien Cristo murió (Romanos 14:15) y que estaban dispuestos a sacrificar su comida por amor a ese hermano. Exacto, eso los une, son hermanos, hermanos en Cristo.

  Pablo se levantó desde donde sentado disertaba (mi ilustración es muy a la usanza de los maestros de la antigüedad que dictaban sus enseñanzas sentadas). No hubo discurso, ni teología. Solo caminó hacia él y lo abrazó.

—“¡Hermano!”, murmuró Pablo, con voz quebrada, es que hacía tiempo que no lo había visto. “Nunca dejaste de serlo”, le término diciendo.

   Bernabé respondió con una sonrisa tranquila. —“Sabía que nuestros caminos se cruzarían nuevamente”.

  Juan Marcos se quedó en un rincón, sonriendo, ni pensó en la regañiza que le había dado aquella vez en la misma ciudad de Antioquía. Él sabía mejor que nadie cuánto había costado ese momento y sí que él era responsable. Los hermanos en esa sala empezaron a alabar al Señor. Un verdadero testimonio de reconciliación, se dio, un verdadero testimonio de cristianos. «O sea que ser cristiano no es que ya no fallan, sino que fallan, se arrepienten, se perdonan y siguen adelante», pensaron algunos amigos, oyentes del evangelio.

  No creo que hubiesen dormido esa noche, compartieron el pan como en los viejos tiempos. Hablaron de iglesias, de milagros, de peligros y del gozo de ver el Reino de Dios crecer. Y mientras la lámpara parpadeaba en la mesa, y menos panes que cuando les sirvieron, Pablo, sin apartar la mirada de su amigo, puso una mano en el hombro de Marcos.

—“Gracias por no darte por vencido con él” _ dijo a Bernabé. «Ya leí brevemente el principio de lo escrito en el pergamino, por cierto, me gustó como inicias» —voltea a ver a Marcos— «Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios», asiente con la cabeza (Marcos 1:1), «Qué manera de presentar al Señor», termina diciendo con satisfacción, sabiendo que indirectamente también formó parte en la formación de este escritor, sin perjuicio de que Pedro y Bernabé fueron más activos en el asunto, hasta ese momento.

  Bernabé simplemente asintió y entendió en su mente «Así es el amor del Maestro, siempre apuesta por segundas oportunidades, no nos deja tranquilos, nos restaura cuando fallamos”, entendiendo que era algo que había formado en el carácter de Bernabé y que este había demostrado con Pablo mismo tiempo ha, cuando más lo necesitaba.

  Epilogo: Bernabé, del legado del hijo de consolación

    Pero quiero dejar esto para una próxima oportunidad.

  Pero por el momento, ¿Caminamos caminante?

  Suyo en Cristo Jesús, su hermano y amigo, Erick Solís Girón.

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