UN SEÍSMO PARA NUESTRA JUSTIFICACIÓN

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UN SEÍSMO PARA NUESTRA JUSTIFICACIÓN
Continuación de nuestra serie: PAZ EN LA TORMENTA

Le agradezco su comprensión en estos entre paréntesis que hemos hecho de la narrativa que ha sido objeto de nuestras meditaciones como lo es el alza de la tormenta en alta mar que experimentaron los discípulos con el Salvador. Continuando el mismo, le invito a que abramos nuestras Escrituras en el evangelio según San Mateo 28:2, en donde leemos la Palabra de Dios:

«Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella».

Un ángel del Señor, dice Mateo; un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca, indica Marcos (16:5); y dos varones con vestiduras resplandecientes, dice el evangelista Lucas en 24:4, cada uno en sus respectivos libros en dónde relatan este evangelio. Lo de ángel, joven o varones, claramente se denota, por su descripción, a un ser no humano sino angelical. El hecho de que Mateo y Marcos mencionan sólo a un ángel no necesariamente debe considerarse como una discrepancia entre los relatos evangélicos, no se olvide, cada uno atestigua su versión de los mismos hechos. Algunos han sugerido que fue Gabriel, uno de los jefes de los ángeles o el arcángel Miguel que es quien aparece en Mateo y Marcos y de ser así, ahí entenderíamos cuando se menciona en singular, el hecho de que no se menciona al otro ángel no debe tomarse como que se afirmara su no presencia, o sea, se menciona a quien es más prominente. Eso ocurre en otros episodios, con aparentes discrepancias en los escritores. Diríamos que es más un asunto de prominencia o de rango.

Pero mi asunto principal no es este sino la verdad de que el Señor Jesús resucitó y no sin portento. La tumba no pudo retenerlo, la muerte no lo pudo mantener más en sus huesudos dedos, satanás hubiese querido que no resucitase, que no saliese más de esa tumba, el Señor, cumplido el tiempo de 3 días y 3 noches de estar en el corazón de la tierra (Mateo 12:40), se levantó, triunfante y victorioso, venciendo a la muerte, venciendo a la tumba, venciendo a Satanás y la tierra lo sintió y celebró y los ángeles se hicieron presentes.

Fue un gran terremoto, declara Mateo, que, de hecho, solamente él lo menciona. La palabra griega que usa para «gran» es megas, grande, muy amplio, enorme, con la idea de fuerte, extraño, de algo que causa gran temor. Y para terremoto nuestra ya familiarizada palabra seísmos.

Vemos dos sucesos importantes aquí, la conmoción de la tierra con el terremoto grande. En tan solo tres días Jerusalén experimenta dos grandes terremotos, con consecuencias terribles. Replicas, diríamos hoy en día, pero soberanamente planificadas para testimonio nuestro de la gran obra que hacía el Salvador. En el primer terremoto en suceder, de esos tres días, hubo oscuridad, rocas partidas, sepulcros abiertos y muertos resucitados, que los habitantes de estos no se dieron cuenta sino hasta después de este otro terremoto. Y en este otro terremoto, tres días después, que también fue grande, hubo una piedra removida y un resucitado y, la evidencia con los habitantes de Jerusalén, a parte del movimiento telúrico, es que vieron a sus muertos resucitados en el terremoto de tres días atrás, pero no todos vieron al —singular— Resucitado.

Leemos sobre el primer terremoto y quiénes resucitaron en Mateo 27:52-53 y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos. No cabe duda que estos, al tiempo, volvieron a morir, porque no fue la resurrección perfecta que esperamos los fieles, no podían ser ellos las primicias de la resurrección porque lo es el Señor (1 Corintios 15:20, 23); ¡Cristo es el primogénito de los muertos! (Colosenses 1:18). Alguien dirá, pero acaba de citar a Mateo en dónde dice que estos resucitaron antes que él, pero estos, al igual que los resucitados por el ministerio de los profetas volvieron a morir, según está escrito: Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección (Hebreos 11:35). El primero en morir —no por sus propias culpas y pecados— y resucitar para no volver a sufrir la muerte es el Señor Jesús, como él, una vez glorificado, testifica de sí mismo en Apocalipsis 1:17-18 Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

Entonces, en este otro gran terremoto, resucita quién es la vida misma, quien dio su vida en rescate por muchos, resucita el Señor Jesucristo y se apareció, no a todos, sino a quienes él había determinado de antemano para esta gloria y para que testificasen de él, como está escrito en Hechos 10:40-42: A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos. Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos.

Claro que la tierra celebró la victoria de su Creador, de nuestro Salvador y que será el redentor de todos, de la creación y nosotros. Leemos que la creación fue afectada por el pecado de Adán, el Señor castigó a la serpiente, a la mujer y al llegar a Adán, maldice a la tierra de dónde vino Adán. Y desde ahí la tierra y toda la creación sufrió un cambio. Hay enemistad entre los animales mismos pues se comen entre ellos, la tierra ya no responde cada vez más como lo hacía antes; el sol y sus rayos son más fuertes cada vez más, los ríos, lagos, mares y océanos no son lo mismo. Pablo dice que el anhelo ardiente de la creación es al aguardar la manifestación de los hijos de Dios (Romanos 8:19) porque ella fue sujetada a vanidad y no por ella misma, es decir, no por sus pecados sino por los pecados nuestros; cuando los hijos de Dios seamos glorificados, entonces la tierra reposará de una vez por todas, pero necesitará ser renovada para la nueva creación, para que la habiten los hijos de Dios (vrs. 20-23), y entonces se dará que Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará (Isaías 11:6). Habrá paz y justicia en su monte santo.

Pero la grata noticia de su resurrección no es solamente por la creación, que ya es una grata noticia, en las Escrituras se nos revelan lo que significa su resurrección. Veamos la garantía de Su resurrección:

1. Es garantía de nuestra justificación. Hechos 13:37-39.
2. Es garantía de el firme fundamento de nuestra fe, respecto al perdón de pecados. 1 Corintios 15:12-22.
3. Es garantía de que resucitaremos. 1 Corintios 15: 18-20, 23; y,
4. Garantiza el juicio final. Hechos 10:40.

Otro portento, vino el ángel del Señor. Los ángeles siempre han estado al servicio del Señor, Pablo dice que fue visto de los ángeles (1 Timoteo 3:16), no cabe duda que en la eternidad (que llamamos pasada) los ángeles admiraron su gloria; en su ministerio terrenal, igualmente; en su ascensión, fueron sus testigos; y su presentación en el lugar santísimo, le alabaron por su victoria (Salmo 24:7-10); y lo harán así por toda la eternidad, unas veces junto con nosotros pero cuando cantemos de la redención, callarán y solamente dirán «Amén» (Apocalipsis 4 y 5). Pero en este momento glorioso no pudieron faltar los ángeles. Leemos de su misión y es que llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Pero no removió la piedra para que saliese el Señor, creemos que el Señor traspasó los lienzos —no leemos que alguien los desató o que fueron rotos por él—, traspasó la tumba, así como hizo con las paredes cuando se les apareció a sus discípulos. Entonces ¿por qué se necesitó de un ángel para remover la piedra? Para testimonio a las mujeres que iban al sepulcro, según leemos en Marcos 16:1-3. Cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle. Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol. Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?*. El bendito Salvador no lo necesitaba, las mujeres sí y nosotros también, porque estás cosas quedaron escritas para que creamos en él, como está escrito *Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre (Juan 20:31, Cp. Juan 19:35).

Como escribió Thomas M. Westrup en su viejo himno: «Venid, Cantad de gozo en Plenitud»:

Venid, cantad de gozo en plenitud,
y dad loor al que su sangre dio.
en ella luego nos lavó,
de nuestra lepra nos limpió,
y así líbranos de la esclavitud
Coro:
El nos libró de culpabilidad,
y redimiónos por la eternidad;
con ángeles del cielo nos igualó:
precioso Salvador el que por nos murió.
El Dios de Amor; que vino acá a sufrir
llevando en sí por nos la maldición,
en vez de eterna perdición,
nos proporciona salvación,
que sin él nadie puede conseguir.

Serán el fin de quien siga a Jesús.
Si toma en pos de él su cruz y es guiado siempre por su luz,
tendrá el sello de su Salvador.

Si, _¡precioso Salvador el que por nos murió!_.

¿Caminamos caminante?
Suyo en Cristo Jesús, su hermano y amigo, Erick Solís Girón.

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