LA LENGUA OPRESORA, PARTE 1

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LA LENGUA OPRESORA, PARTE 1
Continuación de nuestra serie: LOS PECADOS DE LA LENGUA.

     Le invito a que abramos nuestras Escrituras Sagradas y nos expongamos a ellas para nuestro juicio de hoy, esta vez leemos en Salmos 12:4-5, en dónde leemos la palabra de Dios para nosotros:

«A los que han dicho: Por nuestra lengua prevaleceremos; nuestros labios son nuestros; ¿quién es señor de nosotros? Por la opresión de los pobres, por el gemido de los menesterosos, ahora me levantaré, dice Jehová; pondré en salvo al que por ello suspira.»

     Según nuestro pasaje, esta lengua tiene algunas características. Según el versículo 2 son labios lisonjeros —alabanza exagerada y generalmente interesada, hecha a una persona para conseguir un favor o ganar su voluntad—, por lo tanto es una lengua hipócrita y lo confirma nuestra siguiente frase  con doblez de corazón; según el versículo 3 es una lengua que habla jactanciosamente, la palabra hebrea para jactancia es gadol que es grande, alto, insolente, o sea que solo habla grandezas, también habla sin temor, habla como que es dueño de sus palabras y él determina el estándar de moralidad en todo y en sus palabras, habla como que si Dios nunca lo va a llamar a cuentas.

     Pero en nuestro texto vemos otras caracteristicas, a saber,

1. Son gente que confía en sus ardides.

      Dice el texto: por nuestra lengua prevaleceremos. La palabra para prevalecer es gabar que es tanto prevalecer como actuar de manera insolente, hacerse fuerte.

     Jacobo tildó a la lengua como un fuego, un mundo de maldad y exclama: ¡Cuan grande bosque enciende un pequeño fuego! (Santiago 3:5-6). Pero esto no son loas a la lengua pecaminosa, aunque entre los hombres corruptos si se admiren entre ellos por su corrupción y, por ende, su capacidad de engañar a sus congéneres. Su filosofía demuestra su corrupción y cómo la alaban: el que no tranza no avanza, dicen; los tales se presentan como personas de éxito, que son verdaderamente listos y, son tan insolentes, que nadie los atrapa, o eso creen, burlan a la justicia de los hombres y tuercen el derecho cuando son llevados a un tribunal y si son hayados culpables, compran voluntades para salir o tener una estancia buena y placentera.

     Pero qué tristeza que procuren prevalecer contra su prójimo o hacerse grandes ante sus congéneres utilizando mal la lengua, sea jurando en falso, sea diciendo palabras fingidas con doblez de corazón, sea mintiendo, sea injuriando, o sea también rebajando a su hermano a través de chismes, calumnias, mentiras y otros ardides de la lengua. Es tal la corrupción del hombre que personas que manifiestan ser cristianas recurren a esas argucias y en las congregaciones cristianas también los hay personas así. Lo he dicho anteriormente y lo repito, muchas veces tenemos mala reputación por una mala persona que contó algo malo de nosotros y alguien más lo creyó sin averiguar o, al menos, preguntarnos la certeza de tales aceleraciones. No son pocas las asambleas que tienen malos testimonios, y esto ante los inconversos, por estos pecados.

     Esto ya es de lamentarse, porque evidencia que no hay amor al projimo. Pero más tristeza da que sean palabras dichas jactansiosamente, sin el respeto debido a Dios, dañar al prójimo aún a sabiendas que Dios manda hacer lo contrario, mentir a sabiendas que Dios aborrece la mentira y ama la verdad (Proverbios 6:17-17); que la calumnia y la injuria no prevalecerán ante él pero este, aún así, lo hace en contra de su prójimo, de hecho, solo los soberbios dicen mentira (Salmo 119:69). Esto demuestra que no hay temor a Dios.

     La expresión de Jacobo, lejos de ser una loa a la lengua que es mala, es una condenación que Dios hace a ese tipo de lengua, una advertencia. No es correcto y a los justos no le va hablar de esa manera impia, ganar terreno a través de la lengua injusta y prevalecer por medio de la lengua maldiciente, porque serán presos (Salmo 59:12) y serán destruidos (Salmo 5:6).

     2. Estos creen y asientan su propia verdad.

     Sigue diciendo el texto: Nuestros labios son nuestros. Todo se queda en mi, el origen de mis palabras y la autoridad de mis palabras, yo decido cómo hablar, que decir y a quien se lo voy a  decir, cuándo se lo voy a decir y no importa como se va a sentir, si lo voy a rebajar o no, si es mentira lo que diré o no. O sea que lo que habla ya no es la verdad de Dios, ni dicha como Dios manda, sino la que ellos determinan y como ellos determina. O sea que, si Dios manda que nuestras palabras sean para la necesaria edificación, no me importa utilizar mis palabras para destrucción. Eso se llama soberbia. Actuar al margen de la ley de Dios, actuar como que si Dios no existiese, como que si Dios no nos hubiese dado su palabra y como que si Dios no nos va a llamar a cuentas.

     Por eso, lo he dicho y lo repito, mas vale que diga palabras dulces, no sea que se las tenga que tragar; aquí probablemente se escape de tragárselas, pero en aquel día si lo hará, y si que lo hará, sean palabras dulces o amargas.

     Continuará, Dios mediante

     ¿Caminamos caminante?
Suyo en Cristo Jesús, su hermano y amigo, Erick Solís Girón.

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