Razones para sus resoluciones
RAZONES PARA SUS RESOLUCIONES
Continuación de nuestra serie: A LA VÍSPERA DE LA ETERNIDAD
Ayer meditabamos en las resoluciones. Por resolución entendemos a la acción de resolver un conflicto. Es la respuesta que se da como solución al problema, a esa duda, o a una dificultad. Hemos dicho anteriormente ‘Entienda que la eternidad no es algo que es lejano, que algún día ocurrirá, ya está, solo se acerca a su destino en la eternidad». De hecho, la idea de nuestro salmo 90 es: Dios es eterno, el hombre en su peregrinar en esta tierra es breve, entonces ¿Cómo hemos de vivir el tiempo que nos resta mientras estemos en la carne? Es tiempo de tomar resoluciones de vida, no de año nuevo. El salmista nos dijo ya, que debemos resolver nuestra existencia en esta tierra con quebrantamiento y conversión (Salmo 90:3), con sabiduría (v. 12)y con obra confirmada por Dios (v. 12).El apóstol Pedro nos dio resolución de no vivir el tiempo que resta en la carne conforme a la concupiscencias propias de los seres humanos, sino bajo la voluntad de Dios, Pablo que no vivamos nosotros sino Cristo en nosotros, también que vivamos para la gloria de Dios, y Ezequias nos dijo con humillación o con obedeciencia. Veamos las razones de estas resoluciones. Leamos las Escrituras:
«¿Qué diré? El que me lo dijo, él mismo lo ha hecho. Andaré humildemente todos mis años, a causa de aquella amargura de mi alma»
(Isaias 38:15).
Me interesa resaltar, para esta meditación, que Ezequias dice: a causa de aquella amargura de mi alma. Ezequias se refiere a la enfermedad que le vino por la cual el Señor lo levantaría de esta tierra, poniéndole fin a su peregrinar y a la oportunidad de marcar su destino en la eternidad. Esta enfermedad —o amargura de su alma— le viene a recordar lo débil, lo frágil y enclenque que es y lo cercano está a la muerte. Puede ser una enferdad, un accidente, la muerte de un cercano, pero todo esto nos recuerda lo débil que somos, como está escrito: Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy (Salmo 39:4). La importancia de atender el tiempo que le resta en la carne es que es muy frágil, está cercano a la muerte que es la vía por el que se le pone fin a su transitar y la oportunidad de marcar su destino. Lo que hizo o dejó de hacer con su vida en esta vida tendrá resonancia en la eternidad. No está demás recordar lo que ya sabemos, a saber, si con Cristo vida eterna y sin Cristo condenación eterna, como advierte el Señor: De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida (Juan 5:24); también su vida de santidad, su vida de trabajo para el reino y dedicación al amado Pueblo del Señor, la Iglesia, caro hijo de Dios, tendrá resonancia en la eternidad.
El apóstol Pedro también nos presenta su razón, como leemos: Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios (1 Pedro 4:1-2). En el versículo 2 se nos presenta la resolución y en el 1 la razón, este es, Cristo Jesús. El Señor vale la pena. Como aquel que encontró una perla de gran precio y fue y vendió todo lo que tenía, dejó todo lo que tenía para quedarse con lo más preciado. Si Él dejó todo por nosotros justo es que dejemos nuestro todo por él. En este orden de ideas, conviene citar al apóstol Pablo también, quien 2 Corintios 5:14-15 escribe: Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. El amor de Cristo nos impela, nos domina, nos apremia, nos precisa, nos obliga. Entonces, puesto que Cristo padeció, armaos —dijo el apóstol— que tiene la idea de equipararse, de ponerse todo su equipo de guerra, es que usted no va a un parque de diversiones sino a un campo minado, a una beligerancia fuerte, a enfrentarse a un enemigo que no lo quiere felicitar, vuestro adversario el diablo lo quiere devorar (1 Pedro 5:8-9), su carne sigue en su afán de que no se quiere someter a Dios y no puede (Romanos 8:7) y el mundo, de donde salió, aún lo quiere arrastrar lo más lejos que pueda de su Dios y de su Cristo (Efesios 2:1-3).
Otra razón, y el apóstol Pablo en 1 Corintios 10:31-33 nos la da: Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos. Pablo nos dice: ¡Vivan para la gloria de Dios! Cuando vivimos para la gloria de Dios no seríamos de piedras de tropiezo a nadie Pablo nos presenta a tres pueblos que abarcan a toda la humanidad, son los pueblos que están ante el Sñeor, a saber, los judíos, los gentiles y la iglesia de Dios. Una de mis oraciones, cuando tengo alguna invitación en el ministerio, es: ‘Señor, no permitas que sea de piedra de tropiezo, sino de bendición’, y tambien: ‘llévame con tu paz y bendición, librarme de los hombres imprudentes en el camino, pero, sobre todo, librarme de mis propias imprudencias’. Nuestro testimonio para no ser de piedras de tropiezo a nadie sino de bendición debe ser siempre, no solamente en la congregación, o cuando estemos en esas conferencias o reuniones, sino mientras viajamos a las mismas, en casa, en el trabajo, en todo lugar.
Y seguir adelante como caminante en su camino, avanzar en él, crecer mientras camina, eso también es de testimonio de que si entró por la Puerta y camina por el Camino, que es Cristo (Mateo 7:13-14).
¿Caminamos caminante?
Suyo en Cristo Jesús, su hermano y amigo, Erick Solís Girón.

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